Ciertamente, la mejor política social que puede existir es el empleo. Aun mas, si estos empleos serán remunerados a tal grado que permitan a la ciudadanía acceder una vida digna -una vivienda adecuada (sea de su propiedad o alquilada), una educación de calidad y servicios médicos primarios-. El estado de bienestar garantiza el nivel de vida mínimo, en términos de prestación de servicios gubernamentales y no en términos de cuantiás económicas, como se ha malentendido. Nuestra sociedad debe acoger en su ADN que la dignidad humana no se cuantifica ni se compra en Walmart. El alcance de nuestro Estado de bienestar es esa carta de derechos publicada en el Artículo II de nuestra Constitución que enumera los Derechos Humanos reconocidos dentro del Estado Libre Asociado de Puerto Rico.
A
su vez, es interesante que no se planteen las contraprestaciones que
se le exigirá a la ciudadanía como parte del contrato social que
surge de la Constitución. Mas, solemos comentar que la dependencia
es un problema y decimos poco o nada acerca de la integración
comunitaria. Es decir, ¿se
debe exigir una contraprestación a los ciudadanos que reciben dinero
público? Si. Nuestro
actual sistema de bienestar está
arcaico, obsoleto, colapsado, no sirve de amortiguador social, hunde
a la ciudadanía en la marginación, provoca exclusión social,
estereotipos, una burda criminalización de la pobreza y no responde
a los retos sociales que enfrenta nuestra sociedad. En efecto,
nuestro sistema de bienestar convertido en sistema de beneficencia
destruye nuestro mercado laboral. De ahí, ese típico comentario:
“las personas que viven de las ayudas del gobierno viven mejor que
uno”.
A principios de la década pasada, Alemania se enfrentó a una problemática social mayúscula, muy parecida a la nuestra. Con una población que envejecía estrepitosamente, altos costos de manufactura y producción, un alto nivel de vida, una gran cantidad de jubilados y cinco millones de desempleados. El amplio sistema de bienestar alemán no estaba diseñado para semejante bomba social, que amortiguaba la pérdida de ingresos por trabajo de las familias pero que no atacaba la raíz del problema: No había empleos. El consejo económico y social alemán promulgó las reformas Hartz que tendrían como máxima: “No habrá prestación sin contraprestación”. Al gobierno de turno le costó irse a la oposición y llevan 10 duros años como partido minoritario. Hoy, Alemania ha capeado la crisis como el mejor estudiante de la clase, por encima de Estados Unidos, Reino Unido, Francia y Japón.
Reformular
nuestro sistema de bienestar, tiene que comenzar por: (i) enfatizar
que la única manera posible de ganarse la vida es a través del
trabajo; (ii) reformular el trabajo para que incluya el trabajo
comunitario, sin remuneración directa (voluntario) y en el caso de
los desempleados de larga duración, su readiestramiento; (iii)
fomentar la solidaridad en vez de la filantropía;
(iv) eliminar la mentalidad de trabajadores enfrentados a patronos y
empresarios, donde unos ganan si otros pierden; (v) mejorar los
servicios públicos para evitar el sentimiento de explotación fiscal
que tiene la clase asalariada; (vi) reducir los impuestos de las
rentas al trabajo (bajar las planillas) vía aumento de los impuestos
indirectos al consumo y (vii) por ultimo, implantar un sistema de
mérito y esfuerzo donde
los puestos de trabajo estén ocupados por las personas mejor
preparadas y no por las “mejor conectadas” con la administración
pública de turno.
Por
el camino que nos conducimos solo atisbamos el abismo y nos acercamos
a la caída libre. Si, lo aquí expuesto son reformas dolorosas que
conllevan sacrificios inmensos para toda la ciudadanía. Pero se
llaman sacrificios porque sirven para algo, sirven para tener futuro.
¡Podemos!
