“La
seguridad constituye para nosotros la prioridad máxima”, escuché
decir ayer a un funcionario de gobierno. Esa declaración, sin
embargo, despertó en mi recuerdos del pasado. Corrían los años
90 y mientras esperaba a que mi padre me recogiera después del
colegio, atendía los titulares de las noticias. De repente, seguido
de la palabra asesinato escuche, “las cosas han llegado al límite
de nuestra paciencia”.
Hoy
día, la situación es mucho mas seria. No por el alza en el crimen
ni lo violentas de las muertes sino por lo efímera de la respuesta
social. La policía, los funcionarios públicos, los expertos en
criminología,
la opinión publicada, todos ofrecen a medias tintas un pésame con
frases huecas que ni se aproximan a las causas del problema. “Este
crimen demuestra que nuestra sociedad está en un estado de colapso y
se ha rendido ante una actividad criminal incontrolada”. Y como
bien, aprendimos en el colegio, para solucionar un problema primero
hay que identificar las causas.
La
criminalización
de la pobreza es solo una parte del problema. Mas preocupante aun, es
el fraccionamiento social. Estamos
en un contexto en el que hacer las cosas bien no es rentable. El
consumidor responsable paga más, el empresario responsable gana
menos y el político valiente no dura tres días. En este escenario,
los
magnates de la droga en “los caceríos”
se erigen en defensores de la gente humilde. Sin embargo, no lo son y
lo que es peor, la alternativa que imponen (incluyendo un sacrosanto
código de honor) sumerge a estos ciudadanos en la clandestinidad, la
opacidad y en ultima instancia, en el ostracismo. La oportunidad de
vida que ofrecen los magnates para “resolver” lo que el gobierno
no resuelve, acarrea más
problemas, más
estigma y aísla a estos ciudadanos de sus instituciones democráticas
de gobierno.
Sin
estructura ni orden social, pero con un código de honor donde se
protege “al local”, aunque no sea “legal”, se perpetua una
conducta de animales de selva donde impera el sálvese quien pueda.
Bajo ese mantra, también actúan los funcionarios electos, en total
impunidad política. No podemos pretender construir un país
manteniendo un discurso social para “los de los cacerios” y otro
“para los políticos corruptos”, porque al final, es el país el
que esta colapsado. El síndrome de la jungla nos toma como
prisioneros; son los ciudadanos quienes sufren las consecuencias de
un gobierno inoperante y quien gobierna, es la inseguridad ciudadana
y social.
Si
bien es cierto que los
asesinatos han aumentado desde que el país entro en recesión, otros
delitos, también, se han disparado. Los asaltos armados a viviendas
subieron, los atracos callejeros, los hurtos y las agresiones son
frecuentes. Y la policía estima que el aumento continuará.
Decía
la doctora en criminología
y principal forjadora de nuestro código penal Dora Nevarez, “estamos
ante una sociedad profundamente dividida y confundida en sus
objetivos colectivos. Atender la criminalidad que sacude nuestra
convivencia social es un asunto complejo que requiere de una agenda
ciudadana, social y política, basada en datos empíricos y en la
realidad social, económica y política de nuestro país”.
Nuestra sociedad padece de una severa enajenación mental transitoria y mientras, no asuma que debemos solidarizarnos como colectivo, echar el egoísmo individual a un lado y valorizar a la persona por lo que es y no por lo que tiene, continuaremos escuchando el tan odiado: Otro crimen atroz...
Nuestra sociedad padece de una severa enajenación mental transitoria y mientras, no asuma que debemos solidarizarnos como colectivo, echar el egoísmo individual a un lado y valorizar a la persona por lo que es y no por lo que tiene, continuaremos escuchando el tan odiado: Otro crimen atroz...

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