dimanche 22 janvier 2012

Burguesía precaria, la nueva elite despótica...


Smartphones, ipods, televisores plasmas, cenas, copas, cines, conciertos, discos; en fin consumo frenético a cada minuto donde no existe la persona sino el consumidor. No vivimos en la era de la creación sino en el timo de la automatización, donde las cosas son lo importante en la vida. Lástima, que quien más consuma sea quien menos tenga. Somos una sociedad aburguesada, donde la reina desigualdad dicta el estilo de vida y el déspota vive de resaca en resaca.

Es falso el mito de que el conocimiento te hace libre y te convierte en creador. No somos más autónomos que en 1980, aunque tenemos mas títulos universitarios que entonces. En vez, deberíamos sentir vergüenza del acomodo en la dependencia. Tal cual garrapatas solidarias, nos enroscamos sobre aquello que pueda proveernos capacidad para gastar. Da igual si hay que vender la ética, los valores o hasta el alma a diablo o santo alguno. No importa tampoco si lo que hay que vender es el cuerpo, ya que puede más la adicción a las cosas que la valorización de la vida. Y que engaño mas burdo la excitación que provoca el pagar en esa fiesta que no culmina que es el ir de compras. Mas que dura la resaca, cuando se termina la fiesta y se acumulan las facturas mes tras mes. Entonces, no es tan infinita como parecía esa tarjeta de crédito, que se paga con un préstamo personal, que a su vez se paga consolidando deudas en una refinanciación hipotecaria. Mal negocio ese, ya que nunca concluimos que la capacidad para tomar prestado no significa capacidad para generar ingresos.

Así de superfluos y modernos son nuestros burgueses. Mueren y matan por objetos, vuelven a resucitar con un aparato y se vuelven a morir al pasar el día. Tienen más vidas que los sujetos en los videojuegos. En público se lo gastan todo y en privado se enajenan. Viven de espaldas a su realidad, con miedo al futuro y obsesionados con el presente. El día a día se convierte en un campo de batalla poco racional, que los empuja a la supervivencia diaria y la paranoia constante. Ese miedo al que dirán, se transforma frívolamente en una autoestima desajustada. Si el vecino puede ¿por que yo no?, donde olvidando convenientemente cualquier noción matemática, lo prescindible y material es lo vital, lo imprescindible y natural pasa a ser accesorio. En ese juego de intrigas, envidias y celos, el gastar es una patología en la que ser feliz no tiene precio ni es prioritario. Atrás queda vivir. Y aun sabiendo lo que deben hacer y cuando lo tienen que hacer, nuestra burguesía precaria pospone llevar a cabo acciones importantes en la vida y prefiere las cosas fáciles e inmediatas.

No es una anécdota, la alta tasa de suicidios, de enfermedades mentales, las quiebras ni los 1100 asesinatos. Todos estos síntomas son producto de la crisis perfecta que estrangula nuestra sociedad, donde cuando nos ven reímos y cuando se apaga la cámara nos bebemos las lágrimas. Poca fortuna esa, que no les avisen que las penas no se ahogan pues saben nadar. El placer de comprar y la racionalidad de gastar se describe en que compramos cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos, para impresionar a gente que no conocemos o no nos caen bien.

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DER SUESSER UND ICH...

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